jueves, 28 de enero de 2010

Bajo la sombra del cóndor

Aquí os dejo un relto que escribí al poco de volver de Bolivia, en un viaje que hice en el 2006. Espero que os guste, y, si queréis, algun comentario diciendome que os parece.

BAJO LA SOMBRA DEL CONDOR

35 días en Bolivia

Bolivia:

Justó cuando la azafata pasó por nuestros asientos recogiendo las bandejas de comida, en el vuelo a Bolivia, sentí la necesidad de continuar leyendo ese libro que llevaba en la mochila. En él, se relataba toda la historia de Bolivia, el gran valor cultural que dicho país tenía en su época indígena y la explotación de sus recursos por parte de los españoles. Busqué los capítulos que hablaban de la Bolivia actual y descubrí algunos datos que me asombraron.

A nivel económico, Bolivia, es uno de los países más pobres del mundo, a pesar de que su territorio cuenta (o más bien contó) con yacimientos de petróleo, plata y otros minerales preciosos. Además a lo largo de la historia, Bolivia perdió todas sus batallas, perdiendo así su acceso al mar.

Incluso la situación política actual es algo “complicada”. Con Evo Morales, primer presidente indígena (e indigenista) el país intenta aumentar el valor de sus raíces precolombinas. Además se están reuniendo en una “asamblea constituyente” en la que se pretende crear una nueva constitución. La problemática Iglesia-Estado allí es un tema de charla diaria.

En ese momento la azafata anunciaba que debíamos ponernos los cinturones de seguridad. Dejé el libro en la mochila y a medida que se me taponaban los oídos por la presión, comencé a pensar las razones del viaje y que hacía en ese avión. Los 5 que íbamos éramos conscientes de que yendo allí no conseguiríamos dar un cambio radical al mundo; ni solucionar el racismo, ni los problemas de pobreza… Lo que nos impulsaba para ir “allá” era convivir un tiempo con ellos, sentir lo que ellos sienten, conocerles y vivir su realidad compartiendo así un pedazo de vida con ellos y ayudar en lo que se pudiera. De ese modo, conocer otros problemas y otro modo de vida en el que todo es distinto, salir de esta casa y ver el mundo de otro sitio. Estando así dispuestos, durante ese tiempo a “dar nuestra vida” por lo que fuese necesario y de paso cooperar en algunos proyectos del Movimiento de los Focolares en aquel país sudamericano.

Cuando bajé del avión no conocía las dimensiones que tendría nuestro viaje. Recorrimos así un total de 11 ciudades, conociendo muchas personas y aprendiendo muchísimo de las realidades que nos íbamos encontrando. Además la convivencia entre nosotros también fue un punto a resaltar. Uno de Barcelona, otro de Madrid, otro de Granada y los dos restantes del País Vasco. Fue bastante hermoso el poder construir “unidad” en la “diversidad” entre los españoles que íbamos.

Nuestro viaje se dividió en dos grandes tramos, unos 17 días en la zona altiplánica, recorriendo Cochabamba, el Alto, la Paz, una aldea del lago Titikaka, y otras ciudades; y la gira tropical, por la zona de los valles: Santa Cruz, Sucre… Durante todo el viajé mi libreta era un llenarse de notas y mi corazón un llenarse de vida, de experiencias, de gente…

Cuando emprendíamos el viaje de vuelta, decidí echar un vistazo a las notas tomadas durante toda “la odisea” y aclararme un poco las ideas.

Uno de los lugares que primero visitamos, fue un poblado indígena a orillas del lago Titikaka. Este poblado, llamado Santiago de Okola, es un poblado aymara (una tribu anterior a los incas) que vive en unas condiciones paupérrimas, únicamente de la agricultura y de la pesca en el lago. Esta visita a Okola la hicimos con unos 10 jóvenes más de ciudades de Bolivia y la verdad es que a todos se nos quedaron grabados esos días de intensa vida en común.

Nuestro objetivo, era el convivir, y tratar de construir relaciones con los aymaras del poblado, todo ello con la excusa de hacer un pequeño camino en la montaña. Además poder conocer sus costumbres y participar de sus tradiciones.

El primer día pudimos hacer un ritual andino, a través del cual, se pedía permiso a “la Pacha-Mama” (madre-tierra) para hacer el camino. En el rito (y por consiguiente en la cultura andina) se dio una gran importancia a la vida en todas sus formas, dando especial relieve a todas aquellas personas con algún tipo de discapacidad. Este ritual fue para nosotros, sobre todo los españoles, un aceptar la cultura del otro, y tratar de vivirla como si fuera la nuestra, un tratar de “hacerse uno” con estas personas.

Una de las notas al pié de página de mi cuaderno, me recordaba que nada más llegar a Okola, la gente de allí mostró cierto rechazo. Pero que poco a poco, nos fueron aceptando, hasta tal punto de invitarnos a comer. Este acercamiento lo conseguimos a través del trabajo, jugar con los jóvenes al fútbol, y hacer magia y otros juegos para padres y niños.

Mirando la cámara digital, encontré una foto de Franklin, de 8 años de edad, uno de los niños de la aldea, el cual nos preguntó a la despedida, que cuando volveríamos allí para jugar con ellos de nuevo.

Después de comer algo en el avión, decidí seguir repasando mentalmente el viaje, y me acordé de nuestra estadía en El Alto y La Paz. Estos dos lugares, a media hora de distancia, son la cara y la cruz de una monda. En La Paz, está toda la riqueza, en El Alto, toda la pobreza. Este cambio de El Alto a La Paz, nos causó un poco de dolor, pero rápidamente vimos como la gente del movimiento (y muchas otras personas imagino) de La Paz, tratan de ayudar en todo lo posible a la gente de El Alto. Un ejemplo más de que las apariencias engañan, y de como en todos lugares del planeta hay gente que trata de vivir por un “mundo más unido”.

Nada más dejar la libreta en la mochila, uno de mis compañeros de viaje, me preguntó cual fue el lugar que más me había llenado, o la realidad que más me había impresionado. Entonces le recordé la guardería en la que trabajamos 5 días en La Guardia (un pueblecito cerca de Santa Cruz, la segunda ciudad más rica de Bolivia).

Esta guardería, llevada por una familia del movimiento, se encarga de acoger a los niños de la calle o niños que sus padres no pueden hacerse cargo de ellos, valiéndose de un proyecto de adopciones a distancia, sin cobrar así nada a los padres.

Allí estuvimos trabajando moviendo escombros, apartando troncos de árboles y preparando el terreno donde, cuando consigan el dinero, tienen pensado construir un comedor para los niños. Estuvimos también con los niños jugando un poco., encontrando así realidades muy duras, como una niña pequeña que huía de todo el mundo menos de una cuidadora. Esta niña de 5 años, había sufrido violaciones por parte de su padre.

La guardería no solo se encargaba de los niños, por las tardes tiene una serie de cursos para ayudar a esos padres a ser mejores padres, enseñarles labores domésticas, etc. Estos, aunque no puedan pagar nada, si se ofrecen muchas veces para, en sus ratos libres, echar una mano a la guardería.

Aprovechamos entonces ese rato del vuelo, para entre los 5, contarnos el uno al resto las impresiones del viaje, y los “cambios” que se habían producido en nosotros. Todos estábamos de acuerdo en que esta experiencia nunca se nos va a olvidar, y que siempre la tendremos en nuestros corazones. Uno decía “una razón más para vivir, una convicción de que el amor es el único camino, y por supuesto ganas de volver” otro afirmaba, “¡Puf! Este regalo que hemos recibido, conociendo a estas personas… viviendo lo que hemos vivido… hay que hacer algo para agradecerlo. ¿Qué creo que podemos hacer? Pues ayudar a todos en lo posible, tratar de amar en cada momento a todo el mundo, solo así cambiaremos realmente el mundo, desde nuestro entorno”.

Creo que una vez que dejamos de hablar, el sueño volvió a apoderarse de mí, porque lo siguiente que recuerdo del vuelo es a la azafata despertándome diciendo que tenía que poner vertical mi asiento para el aterrizaje. Volvíamos a casa sin ser los mismos de antes.

1 comentario:

  1. Gracias por tu testimonio. hace falta conocer todo lo que hacen los jóvenes hoy día, no solo el botellon.... sino conocer que hay jóvenes que viven por un Ideales maravillosos.
    Gracias
    Toñi

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